Debido a que El Agus me cagoteó dos días seguidos por no postear desde hace un siglo y para que vean que me importan (y mucho) mis lectores, reanudo la escritura de posts en mi blog. La verdad es que no he escrito porque he estado amargada y llorona porque, como dice uno de mis carnales, me comparo con la banda a la que le llueven las oportunidades (aunque la mayoría están en esa situación gracias a que hacen cosas que yo jamás haría) y no con la gente a la que TODO le sale mal. Pero bueno, hoy que estoy nostálgica y agradecida, (los primeros de junio son los días más especiales de mi vida), recordé que hace precisamente tres años yo estaba pisando suelo africano. Para ser exactos, la tierra del Serengueti, en Tanzania.
La historia empezó así: un día Alfredo, editor de Conozca Más, me dijo que si lo acompañaba por un café. Cuando tu editor te invita a salir de la oficina para hablar contigo sólo pueden suceder dos cosas: te hará sentir un pendejo o te dará una buena noticia. Ya afuera, Feyo dijo: ‘tengo que avisarte algo que me llena de emoción y también de envidia. Animal Planet nos invitó a Tanzania y decidimos que irás tú’. Yo no podría describir lo que sentí. Toda mi vida he amado África y siempre soñé con ir pero nunca pensé que algún día de verdad estaría ahí. Ya saben, salté, se me puso la piel chinita, se me salieron las lágrimas. Le hablé a mi jefa, a mis amigos, a mi güey. Lo repetí mil veces porque no lo podía creer. Seguí incrédula varios días, tanto, que no me sorprendió que repentinamente la agencia de RP de Discovery me dijera que el viaje quedaba en stand by. Pero una semana antes de la fecha tentativa me llamaron para avisarme que mi vuelo salía el 31 de mayo. Entonces corrí a ponerme las vacunas obligatorias, conseguí dinero para comprar artesanías y preparé mi maleta.
Me aventé un día y medio de viaje. Me subí por primera vez a un avión de KLM y estaba fascinada con la pantalla individual que te permite ver cientos de películas y perder el tiempo con videojuegos. Revisé como 800 veces el flight tracking nada más para disfrutar del placer compulsivo de saber que volaba sobre Egipto, Kenia o cualquier otro país. Vi de nuevo El Padrino (las tres partes) y como 10 capítulos de Friends. Me comí todo lo que me dieron hasta que mi estómago no pudo más. Cuando tomé el segundo vuelo, las piernas y las rodillas me dolían. La cabeza también pues no había dormido casi nada. Pero era feliz. Como nunca.
Bajar del avión en África es una experiencia inigualable. El cielo tiene millones de estrellas. El sonido de los insectos es tan dulce que arrulla. Las acacias parecen estar ahí sólo para que tú sientas que estás en un unvierso paralelo. Pensé que no podía existir nada más bello… y eso que estaba en el aeropuerto. Me esperaba ya un grupo de periodistas y los productores de Discovery. Nos subieron a un jeep y nos llevaron al Moivaro Coffee Plantation Lodge, en Arusha, lugar en el que nos hospedaríamos tan sólo por una noche.
Al día siguiente, después de una breve conferencia de prensa, tomamos una avioneta al Serengueti. Y ahí descubrí que todavía podía existir más belleza que la que ya había visto: pasamos sobre el Cráter Ngorongoro, vi las gigantescas figuras que la tribu masai forma con piedras, todo era increíble. Y entonces aterrizamos en el Serengueti, ahí, en medio de la nada. Un jeep nos recogió y nos llevó a un campamento instalado en medio de la planicie. Se nos advirtió que no debíamos caminar solos por los alrededores, mucho menos de noche. Y (ja) nos dieron un silbato por si repentinamente nos atacaban los leones. Los periodistas nos empezamos a poner nerviosos. Yo soñé que me despertaba en la madrugada y me daba cuenta de que una leona me observaba fijamente. Más tarde soñé que una serpiente saltaba sobre mí mientras yo buscaba unos calcetines. Sí, tenía miedo pese a que soy fanática absoluta de la vida salvaje. Pero es que ahí las reglas cambian: en territorio salvaje, los animales mandan. Y cualquier movimiento en falso puede ser fatal.
Salimos de safari varias veces en la semana. Estuvimos cerca de los depredadores más temerarios y también de las presas, siempre nerviosas y desconfiadas. Vi una batalla entre leones a unos metros de mí y decenas de hipopótamos que nos amenazaban con sus enormes colmillos. Pero, sin duda, lo que me paralizó fue la migración de ñúes: observar a millones de animales que se congregan en un mismo espacio y corren siempre por la misma ruta con el único propósito de sobrevivir es algo inigualable. Incluso muchos expertos han catalogado a ese fenómeno como ‘una de las maravillas de la naturaleza’. Sin embargo, yo también entraba en trance tan sólo con un paisaje: ese territorio ancestral que siempre está en metamorfosis sólo para transformarse en algo cada vez más bello me hipnotizaba hasta llegar al éxtasis. Mientras observaba ese paraíso recordé lo que leí alguna vez mientras fui jefa de información de National Geographic: el autor (no recuerdo su nombre) mencionaba que no en vano Jesucristo o Buda habían alcanzado su iluminación justo cuando se aislaron y se refugiaron en la naturaleza. Porque la naturaleza confronta. Porque en ella no hay mentiras ni títulos ni cosas que valgan. En la naturaleza, siempre perfecta y superior, reconocemos nuestra justa dimensión. Y sólo entonces es posible maravillarse de aquello que no fue creado por manos humanas. Todos venimos de África. Y estar ahí despierta a un yo ancestral que se comunica, más allá de nuestra razón, con todo lo que lo rodea. Es sencillamente mágico.
Además de mi éxtasis espiritual, de África me llevé las divertidísimas horas que pasé dándole clases de español a algunos nativos que sólo hablaban swahili, el recuerdo de los hermosos niños masai que se ríen de todo, una propuesta de matrimonio de un tanzano que cada vez que me miraba, me gritaba: ‘Caribeeee’ y la increíble experiencia de poder publicar un texto sobre el lugar que más amo en el mundo: África mía, la tierra de mis Santos, la tierra en donde todos nacimos hace millones de años.

Mi cabaña en el Moivaro Coffee Plantation Lodge, en Arusha.

Nuestras tiendas de campaña en pleno Serengueti.

Una alucinante planicie del Serengueti.

Cebras y ñúes comen pasto.

Yo, sobre una enorme piedra en donde algunos miembros de la tribu masai hacen instrumentos musicales.
junio 1, 2009
Categorías: Uncategorized . Etiquetas:Animal Planet, Arusha, África, Chamba, Conozca Más, Migración de ñúes, National Geographic, Reporteando, Safaris, Serengueti, Tanzania, Tribu masai . Autor: lamulata . Comentarios: 12 comentarios